Avance de relato - El que aulla en la noche

miércoles, 25 de abril de 2007


El que aúlla en la noche
Por Roberto Julio Alamo




Sabed que hace eones los terribles dioses lucharon en "nuestro planeta" y algunos fueron expulsados, pero lamentablemente todo lo que fue en algún momento puede ser traído de nuevo...

Las nubes grises dejaban llegar apenas los rayos del Sol, aunque aquello es muy común en el norte de España.
Carlos Delgado era un estudiante de medicina en la Universidad de Salamanca, pero se había visto obligado a viajar al pueblo de Moaña, en Santander, para visitar a su abuelo, Narciso Delgado.

Según le habían notificado en la carta, Narciso padecía extrañas fiebres y constantes delirios. En Moaña todos afirmaban que se trataba de un viejo hosco y carcomido por la locura que estaba al borde de la muerte, pero Carlos guardaba el recuerdo de un hombre sabio e ilustrado en las ciencias y en las letras; y no era para menos, pues Carlos era huérfano. Su madre murió a los pocos días de darle a luz, y su padre había muerto haría unos dos años en un terrible accidente de coche.
El motivo de su visita era más bien algún método para acercarse a la única familia que le quedaba en vida.

El traqueteo del viejo ford debido al mal estado de aquellas carreteras poco transitadas mareó a Carlos, que frenó para hacer un alto y tomar el aire.

Día Primero: 2 de Octubre de 1912

Allí, en la ladera, se podía ver la antigua mansión de los Delgado, hogar de Narciso, de vallas blancas cubiertas por sinuosas enredaderas y paredes grises con el tejado oscuro, probablemente de pizarra. La niebla avanzaba poco a poco y ocultaba la vieja casa hasta que ni siquiera se podía apreciar con claridad el conjunto de viviendas que componían Moaña.

Al llegar a la ladera, Carlos avanzó por un amplio camino de piedras cubierto de hojas otoñales que, a pesar de la niebla, era fácil de seguir.

Ante él pronto se alzó la mansión con sus enormes pórticos negros de aldabas doradas. El joven se acercó extrañado a observar las aldabas, pues recordaban vagamente a extrañas caras de pez, cuando la puerta se abrió de golpe y ante él apareció un extraño personaje de semblante serio y a la vez enigmático.

-"¿Qué busca usted aquí?"- preguntó con tono seco.

-"Lo... lo siento, creo que me he equivocado. Soy Carlos Delgado, buscaba a mi abuelo"- respondió el joven algo sobresaltado tendiéndole la mano a aquel tipo tan extraño.

-"Oh"- continuó con el mismo tono carente de vitalidad -"Está bien, pase"-

El antipático hombre no le dio la mano a Carlos y le invitó a pasar de mala gana.
-"Sígame. Yo soy un íntimo amigo de su abuelo. Él me pidió que no me moviera de su lado. Me llamo Nicolás, Nicolás Bernardos"- se presentó tan secamente como en sus anteriores comentarios.

Los dos subieron por unas viejas escaleras cuyos peldaños chirriaban al pisarlos hasta llegar a un sucio pasillo alfombrado. El rechinar de las escaleras ponía muy nervioso a Carlos, pero aunque intentaba pisar flojo, seguía sonando.
En las paredes había viejas reproducciones de las pinturas negras de Goya; finalmente Nicolás abrió la puerta y Carlos pudo ver a su abuelo durmiendo, tal y como le recordaba, con su bigote canoso y falto de pelo en la cabeza.

-"Bien sabrá"- comentó Nicolás -"que su abuelo cuando está despierto delira. El médico del pueblo le recetó algunos fármacos, pero dice que no le da más de un mes de vida..."-

-"Nicolás, muchas gracias por haber hecho compañía a mi abuelo, pero si no le importa, me gustaría estar a solas con él"- dijo Carlos tratando de dejar entrever que quería que aquel extraño personaje abandonara la casa. Nicolás asintió seriamente y bajó las escaleras. Un portazo dejó claro que se había marchado, pero aun así Carlos miró por la ventana como el "amable amigo" de su abuelo se marchaba.

Al acercarse a la cama de su abuelo le comprobó el pulso y vio que era lento y débil. El pobre Narciso parecía deshidratado, así que Carlos fue al baño a llevarle un vaso de agua.

-"¿Qué demonios te han recetado?"- se dijo preocupado mirando el lamentable estado de su abuelo -"Bajaré al pueblo y hablaré con el doctor"-

De pronto la mano de Narciso agarró con fuerza el brazo del joven y gritó: -"¡Vete, Carlos! ¡Vete de éste maldito pueblo cuanto antes! ¡Ellos quieren que Él regrese! ¡Todo se sumirá en tinieblas!"- y tras su última frase, Narciso comenzó a toser y cayó rendido.

-"Malditos médicos de pueblo... ¡Normal que mi abuelo delire si le recetan drogas!"- dijo encolerizado Carlos.

El joven subió en su viejo ford y bajó hasta la botica de Moaña. Aquel lugar, a pesar de ser una simple botica de pueblo, olía a medicina tanto como sus clases de la universidad.
El pensamiento de que a su abuelo solo le quedaba él y viceversa le provocaba una extraña sensación de ira y dolor, un profundo dolor.
Carlos entró en la botica.

-"¿Le puedo ayudar?"- preguntó una joven vestida de blanco que regentaba la botica. Al parecer, en aquel pueblo, todos tenían un carácter seco.

-"Sí, por favor. ¿Podría hablar con el doctor que atiende al señor Narciso Delgado?"- preguntó Carlos amablemente.

-"Eh... bueno..."- la boticaria parecía algo nerviosa por la pregunta -"El doctor Castejón no se encuentra en éste momento. Dudo que hoy vuelva por la botica ¿Querría que le dijera algo?"-

-"No"- dijo Carlos naturalmente desconfiando -"No hace falta. Muchas gracias"- y el joven abandonó la botica haciendo sonar la campanita de la entrada.

Decidido a averiguar que ocurría, decidió dar la vuelta al viejo edificio y entrar por la ventana a la consulta del tal Castejón.

La ventana estaba cerrada a conciencia y fue difícil forzarla, pero finalmente lo consiguió haciendo uso de un hierro oxidado que encontró en el suelo.

Era un despacho grande y lleno de estanterías; había gran número de frascos con diversos compuestos y libros de todo tipo, no solo de medicina. La mayor parte de los libros estaban escritos en árabe, por lo que Carlos no pudo saber de que trataban.

Un gran escritorio lleno de papeles fue el primer lugar donde el joven decidió mirar, pero no encontró nada que le sirviera para averiguar lo que había sido recetado.

-"Probablemente las recetas se encuentren en el archivo"- se dijo intentando abrir los cajones, pero no logró abrirlos, pues estaban cerrados con llave.

Unas voces se escucharon en el exterior y Carlos cerró la ventana para ocultarse tras las cortinas, pues no le dio tiempo a salir de la habitación. A la consulta entraron el doctor Castejón y la joven boticaria.

-"¿Alguien ha dejado algún mensaje?"- preguntó el doctor mientras abría la puerta.

-"No, pero... un joven vino a preguntar por usted. Era al parecer alguien de la capital"- le dijo la boticaria.

-"¿Qué? ¿Qué quería? ¿Qué buscaba?"- preguntó nervioso el doctor.

-"Preguntó por usted refiriéndose a quién atendía a Don Narciso"-

-"Maldita sea... venga conmigo; informaremos de esto al señor alcalde"- y los dos abandonaron la habitación.

Carlos salió de su escondite pensativo, pues aquella conducta no era normal. Prosiguió su intento de forzar el archivo hasta que finalmente lo logró.

Las recetas se hallaban allí guardadas, en orden alfabético, y Carlos encontró la de su abuelo. Fuera comenzó a llover.

¡En la receta de su abuelo el compuesto estaba tachado! Se trataba de algún medicamento traído según la receta desde la Universidad de Miskatonic, en Arkham, Nueva Inglaterra. Algo fallaba en todo aquello, algo raro sucedía en Moaña...

Carlos se guardó la receta y regresó a la vieja mansión. Otro coche estaba aparcado cerca de la puerta, se trataba de un Buick 121.

El joven se puso el sombrero para taparse de la lluvia y entró en la casa.
-"¿Quién anda ahí?"- gritó nada más entrar. El joven no encontró a nadie en el interior de la casa y subió a ver a su abuelo.

-"Abuelo"- dijo intentando despertarle -"¡Abuelo!"-

El anciano entreabrió los ojos cansado e intentó hablar entre sus enfermizas toses -"Ca... Carlos... La biblio..."- Narciso se veía interrumpido por aquella tos -"El libro... consigue el libro... tu... tu padre"- El pobre viejo sufrió una insuficiencia respiratoria y cayó muerto en la cama. Las lágrimas surcaban el rostro de Carlos. Un portazo le sobresaltó y el joven miró rápidamente por la ventana; solo pudo ver un Buick 121 alejándose por la carretera en dirección a Moaña.

El joven se pasó toda la noche intentando hallar un libro, el libro del que su abuelo hablaba, en la biblioteca de la mansión; a media noche llegó la guardia civil y el juez, que autorizó el levantamiento del cadáver, así que se llevaron el cuerpo del anciano. Posteriormente Carlos bajó las escaleras y vio un frasco en el suelo, un frasco que no debía estar allí. Era hidrato de cloral, aquello que le había causado la muerte a su abuelo. ¡Cómo sospechaba alguien había causado su muerte!

Después prosiguió su búsqueda entre las titánicas estanterías llenas de antiguos tomos y al final quedó dormido.

Fue de madrugada cuando un tremendo aullido que le heló la sangre le despertó de su sueño, un penetrante aullido. Carlos se acercó a la ventana y comprobó que aún no había cesado la lluvia; a lo lejos, en Moaña, se veían gran cantidad de luces, como si todo el pueblo portara candiles y se dirigieran a algún lugar. Aquello perturbó los sueños del joven que no volvió a pegar ojo.

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